domingo, 30 de septiembre de 2012

viernes, 28 de septiembre de 2012

Al Fin Viernes!!!

 
Floppy durmiendo.
 
 
 
Sisita, mirando por la ventana.
 
 
Sisita, sigue mirando por la ventana.

jueves, 27 de septiembre de 2012

Y con ustedes... mis gatos!!!


Miércoles, 26 de setiembre de 2012

Llegué a casa muy cansada, con frío y con hambre.  ¡Qué hambre! La dieta me está matando.  Es una lucha constante. Chocolate o lechuga, Coca Cola o anís, Chorizo o soya???…. (Que no me escuche mi nutricionista.)  Recuerdo las palabras del Contramaestre John James Urgayle a la Teniente O´Neil después de un brutal día de entrenamiento para comandos, en la película G.I. Jane…”recuerda, lo que no te mata, te hace más fuerte, alégrate por sentir dolor porque significa que estás vivo.”  Lapidario.

Abrí la puerta de la calle y ahí estaba.  El Rey de la casa, el guardián del castillo, el Gato o simplemente “Floppy” para los amigos.  Mi gato.  Un persa himalayo, hermoso, enorme, independiente.  Lo llamé pero me hizo caso omiso.  Me acerqué y nada.  Le tomé una foto, ni se inmutó.  A veces creo que lo debí llamar “Teodoro Adorno” como el gato de Cortázar …. O como el filósofo alemán, ya ni sé.  Aún me cuesta entender que no debo anteponer mis deseos a los suyos.

La foto no salió bien. Lástima. No por culpa de mi Smartphone de “ultimísima” generación, sino porque aún no domino al bendito aparato.  Lo tengo hace medio año y aún me da dolores de cabeza.   Por cierto, medio año es como decir un año luz en cuanto a tecnología se trata.  Aun así, ya estoy pensando en comprar una tableta!!!.  No tengo remedio.   Recuerdo que hace unos años era fanática de los trapos… pero hace poco recapacité y descubrí que hay vida más allá de los trapos.  Ahora estoy al borde de la bancarrota por cambiar mi adicción a los trapos por mi pasión por la tecnología.  En fin.  A lo nuestro.

Me di por vencida.  Ingresé a la casa.  Cuando abrí la puerta interior.  Ahí estaban.  La Reina y la Princesa.  La Reina se llama Billy… sí ya sé, por qué Billy si es “ella”, bueno pues por falta de imaginación.  Por usos y costumbres, qué sé yo.  Gato nuevo que llegaba a casa, lo bautizábamos como Toby o Billy. Mi generación nació y creció con una televisión en cada cuarto.  De milagro no resultamos autistas.

La Reina, es una dama.  Delicada, cariñosa, muy en su lugar y un poquito asustadiza.  No nació en casa.  Nació cerca del Aeropuerto.  Al comienzo pensé que era sorda, porque a pesar de llamarla y llamarla no movía ni los bigotes,  pero en realidad era porque al comienzo no le importábamos demasiado.  Floppy tampoco nació en casa.  Bueno, casi casi.  Una vecina, que vive a tres casas de la nuestra, nos lo regaló.  Él tampoco nos daba mucha importancia al comienzo.  Creo que fue porque descubrió que nuestra casa era lo más parecido a un “parque temático” gigantesco.  Nos rompió todo, claro.  Hasta mi profesor de matemáticas se asombraba por la energía que derrochaba.  Hacía tanto contraste con Billy, que llegamos a pesar que nunca se llevarían bien.

Más allá, estaba la Princesa: Sisi.  Mi bebé.  Mi hijita.  La única sobreviviente de su camada.  Ella sí nació en casa.  Es la más pequeña de tamaño, pero la más inteligente de los tres.   La hemos acostumbrado a los brazos, a jugar, a la compañía.  Detesta estar sola, le encantan los placeres sencillos: el salmón, mi cama y los pies de mi mamá. 

Cuando llegaba más temprano a casa, siempre los alimentaba con salmón gourmet exclusivamente para gatitos, les encantaba.  Pero ahora, llego muy tarde.  Ahora, mi mamá tiene es misión.

Me preparé mi dieta, comí, y finalmente me dirigí a mi cuarto para descansar.  Pensé en todo lo que tengo que hacer.  Llegué a la conclusión que necesito días de 34 horas. 

Mis gatas me acompañaron.  Me encantan esos momentos.  Subir las escaleras y sentir unos pasitos apenas imperceptibles detrás de mí.

Sisi, dio vueltas por mi cuarto y luego entró al closet a dormir dentro de su confortable caja de zapatos.  Supongo que para ella es el mejor cuarto de la casa.  Billy, se subió a mi cama.  Ya sé, los microbios, la toxoplasmosis, las bacterias… Tengo gatos desde que nací y lo peor que he tenido es mi alergia y no por los mininos sino por la rinoplastia a la que me sometí  cuando era jovencita por sucumbir a las pretensiones de adolescente.

Finalmente, nos dormimos las tres.

Cerca de las seis de la mañana sentí una cabecita peluda junto a la mía.  Era Sisi.  Es su forma de decirme que ya es hora de despertar.  Nunca hago caso.  Siempre quiero dormir un poquito más como el común de los mortales.  Después de un rato, me despertó un ruido.  Era Sisi tratando de hacerme reaccionar.  Estaba sobre mi laptop, jugando con el ratón hasta que lo arrojó al suelo.  No contenta con eso, agarro los lapiceros y también los arrojó.  Como no obtuvo resultados, subió a la cama y pasó por encima de mí hasta llegar a mi mesita de noche.  Se sentó y no me quitaba la mirada de encima.  Yo la miraba de reojo.  Luego, regresó por donde había venido pero esta vez se quedó a mi costado.  Y seguía mirándome.  No aguanté más.  Tuve que levantarme.

Al hacerlo, Billy estaba al pie de mi cama.  Parecía una esfinge.   Me clavó los ojos.  Pero se engrió cuando le acaricié el lomo.  Me dirigí al primer piso, bajé por las escaleras, cuando llegué a la cocina, ellas ya estaban en “posición” delante de sus platitos de comida.  Floppy llegaría después.

Primero lo primero.  Los alimenté a ellos.  Luego, con más tranquilidad, tomé mi desayuno.  Cuando terminé subí para tomar un baño, alistarme y salir a trabajar.

Una vez escuché a alguien decir que los gatos se hacen dueños de la casa, nosotros sólo pagamos las cuentas.