Miércoles, 26 de setiembre de
2012
Llegué a casa muy cansada, con frío y
con hambre. ¡Qué hambre! La dieta me
está matando. Es una lucha constante.
Chocolate o lechuga, Coca Cola o anís, Chorizo o soya???…. (Que no me escuche
mi nutricionista.) Recuerdo las palabras
del Contramaestre John James Urgayle a la Teniente O´Neil después de un brutal día
de entrenamiento para comandos, en la película G.I. Jane…”recuerda, lo que no te mata, te hace más fuerte, alégrate
por sentir dolor porque significa que estás vivo.” Lapidario.
Abrí la puerta de la calle y ahí
estaba. El Rey de la casa, el guardián
del castillo, el Gato o simplemente “Floppy” para los amigos. Mi gato.
Un persa himalayo, hermoso, enorme, independiente. Lo llamé pero me hizo caso omiso. Me acerqué y nada. Le tomé una foto, ni se inmutó. A veces creo que lo debí llamar “Teodoro
Adorno” como el gato de Cortázar …. O como el filósofo alemán, ya ni sé. Aún me cuesta entender que no debo anteponer
mis deseos a los suyos.
La foto no salió bien. Lástima. No
por culpa de mi Smartphone de “ultimísima” generación, sino porque aún no domino
al bendito aparato. Lo tengo hace medio
año y aún me da dolores de cabeza. Por cierto, medio año es como decir un año luz
en cuanto a tecnología se trata. Aun
así, ya estoy pensando en comprar una tableta!!!. No tengo remedio. Recuerdo que hace unos años era fanática de
los trapos… pero hace poco recapacité y descubrí que hay vida más allá de los
trapos. Ahora estoy al borde de la bancarrota
por cambiar mi adicción a los trapos por mi pasión por la tecnología. En fin.
A lo nuestro.
Me di por vencida. Ingresé a la casa. Cuando abrí la puerta interior. Ahí estaban.
La Reina y la Princesa. La Reina
se llama Billy… sí ya sé, por qué Billy si es “ella”, bueno pues por falta de imaginación.
Por usos y costumbres, qué sé yo. Gato nuevo que llegaba a casa, lo
bautizábamos como Toby o Billy. Mi generación nació y creció con una televisión
en cada cuarto. De milagro no resultamos
autistas.
La Reina, es una dama. Delicada, cariñosa, muy en su lugar y un poquito
asustadiza. No nació en casa. Nació cerca del Aeropuerto. Al comienzo pensé que era sorda, porque a
pesar de llamarla y llamarla no movía ni los bigotes, pero en realidad era porque al comienzo no le
importábamos demasiado. Floppy tampoco
nació en casa. Bueno, casi casi. Una vecina, que vive a tres casas de la
nuestra, nos lo regaló. Él tampoco nos
daba mucha importancia al comienzo. Creo
que fue porque descubrió que nuestra casa era lo más parecido a un “parque
temático” gigantesco. Nos rompió todo,
claro. Hasta mi profesor de matemáticas
se asombraba por la energía que derrochaba.
Hacía tanto contraste con Billy, que llegamos a pesar que nunca se llevarían
bien.
Más allá, estaba la Princesa:
Sisi. Mi bebé. Mi hijita.
La única sobreviviente de su camada. Ella sí nació en casa. Es la más pequeña de tamaño, pero la más
inteligente de los tres. La hemos acostumbrado a los brazos, a jugar, a
la compañía. Detesta estar sola, le
encantan los placeres sencillos: el salmón, mi cama y los pies de mi mamá.
Cuando llegaba más temprano a
casa, siempre los alimentaba con salmón gourmet exclusivamente para gatitos, les
encantaba. Pero ahora, llego muy
tarde. Ahora, mi mamá tiene es misión.
Me preparé mi dieta, comí, y
finalmente me dirigí a mi cuarto para descansar. Pensé en todo lo que tengo que hacer. Llegué a la conclusión que necesito días de
34 horas.
Mis gatas me acompañaron. Me encantan esos momentos. Subir las escaleras y sentir unos pasitos
apenas imperceptibles detrás de mí.
Sisi, dio vueltas por mi cuarto y
luego entró al closet a dormir dentro de su confortable caja de zapatos. Supongo que para ella es el mejor cuarto de
la casa. Billy, se subió a mi cama. Ya sé, los microbios, la toxoplasmosis, las
bacterias… Tengo gatos desde que nací y lo peor que he tenido es mi alergia y
no por los mininos sino por la rinoplastia a la que me sometí cuando era jovencita por sucumbir a las
pretensiones de adolescente.
Finalmente, nos dormimos las
tres.
Cerca de las seis de la mañana
sentí una cabecita peluda junto a la mía.
Era Sisi. Es su forma de decirme
que ya es hora de despertar. Nunca hago
caso. Siempre quiero dormir un poquito
más como el común de los mortales.
Después de un rato, me despertó un ruido. Era Sisi tratando de hacerme reaccionar. Estaba sobre mi laptop, jugando con el ratón hasta
que lo arrojó al suelo. No contenta con
eso, agarro los lapiceros y también los arrojó.
Como no obtuvo resultados, subió a la cama y pasó por encima de mí hasta
llegar a mi mesita de noche. Se sentó y
no me quitaba la mirada de encima. Yo la
miraba de reojo. Luego, regresó por
donde había venido pero esta vez se quedó a mi costado. Y seguía mirándome. No aguanté más. Tuve que levantarme.
Al hacerlo, Billy estaba al pie
de mi cama. Parecía una esfinge. Me clavó los ojos. Pero se engrió cuando le acaricié el
lomo. Me dirigí al primer piso, bajé por
las escaleras, cuando llegué a la cocina, ellas ya estaban en “posición”
delante de sus platitos de comida. Floppy
llegaría después.
Primero lo primero. Los alimenté a ellos. Luego, con más tranquilidad, tomé mi desayuno. Cuando terminé subí para tomar un baño, alistarme
y salir a trabajar.
Una vez escuché a alguien decir
que los gatos se hacen dueños de la casa, nosotros sólo pagamos las cuentas.




No hay comentarios:
Publicar un comentario